Cuando el aire se enfría, la oscuridad se asienta y el silencio envuelve el ambiente, no hay nada como tumbarse en la cama bajo una luz tenue y sumergirse en otro mundo a través de un libro.

Es cierto que los especialistas del sueño no recomendarían esta costumbre, ya que podría estimular mucho el cerebro, en especial si agarramos uno con altas dosis de suspenso o si utilizamos un soporte con luz artificial intensa, como el celular o la computadora. Pero leer antes de dormir tiene un encanto único y hasta puede servir como medio de relajación, si se elige la obra adecuada.
Para mí es un asunto simple. Al leer durante el día corro uno de los riesgos más temidos por la mayoría de los lectores: la interrupción. En las horas de actividad una no puede estar completamente enfrascada en la lectura, siempre hay como un sentido pendiente de los movimientos de otras personas, del sonido del celular que se activará en cualquier momento, incluso del ladrido de los perros al tocar el timbre o de las exigencias de los gatos que piden comida en los momentos más oportunos.
Además, no sé si es un problema de mi entorno más cercano, o es algo más cultural de mi país, o es incluso un problema más generalizado, pero para muchas personas si me ven leyendo es como que no estoy haciendo nada importante. Si estoy leyendo, es porque estoy «desocupada» y se me puede estirar para cualquier cosa. Por eso, es mejor que todo el mundo duerma para comenzar a leer.
En cierta manera, es un ejercicio que requiere un grado de soledad. La lectura nos exige no solo tiempo, sino también espacio (para desarrollar el hábito, en primera instancia), un momento y lugar para enfocarnos del todo.
También, creo que ya lo mencioné en otra ocasión, la lectura antes de dormir es buena materia para el cerebro mastique durante sus procesos oníricos. Incluso se vuelve aún más interesante cuando se trata de un audio libro. En medio del límite entre el sueño y la vigilia las palabras del narrador se van mezclando con los inicios de la ensoñación, entonces la historia va tomando otros caminos.

Si ya la lectura de por sí es un elemento importantísimo para el desarrollo creativo, llevarla a esa hora puede convertirse en un fenómeno estético con sus propias cualidades. Por eso, quiero dedicarle un espacio mensual entre estas letras.
Quisiera compartir aquí lo que yo llamo una experiencia de lectura. Y si bien estaré hablando con frecuencia de los libros que ando leyendo, no me ocuparé de escribir reseñas (que para eso ya tengo la cuenta de Good Reads).
Aquí abordaré la lectura desde un plano más sensorial, reflexivo y emocional. Muchas veces pensamos la trama, los personajes, los temas, el contexto, pero… ¿realmente llegamos a tocarnos a nosotros con la lectura? O solo es un paseo superficial para llenar un cupo de libros leídos?
Creo que por esa razón a mí nunca me importó el soporte de lectura. Puedo leer libros en papel y con la misma facilidad pasar al soporte electrónico y luego al audiolibro (aunque confieso que me cuesta concentrarme con este formato). Si el material físico tiene una calidad mínima para no interrumpir mi conexión con «el libro», ya está, no le exijo más.

Si bien tiendo a preferir los clásicos, por una cuestión de conexión cultural más que nada, también le doy la bienvenida a los libros más recientes. La verdad, más que ir a un análisis deconstructivo-formalista-estilístico-pragmático-postestructuralista, mi criterio se mueve hacia el noble subjetivismo del me gusta / no me gusta.
Me encontrado con obras que muchos critican como muy básicas, pero a mí me han desvelado. Por otra parte, hubo algunos grandes clásicos que me dejaron helada. El haber estudiado literatura como carrera me dio la ventaja de distinguir cuando una obra está bien escrita sin que llegue a gustarme y también puede ver cuando me encuentro ante una que no será el próximo Nobel o Cervantes, pero igual puede apasionarme. Entonces leo aquellas obras del primer grupo para aprender, pero me enfrasco en las del segundo grupo porque las disfruto.
Otro punto que debo explicar de mis experimentos de lectura para que tengan una idea de cómo voy a ir estructurando (o malestructurando) estas entradas, es que suelo leer varios libros al mismo tiempo. Sucede más cuando agarro algunos que son muy largos, tiendo a saltear y a alternar con otros más breves, en primer lugar, para evitar la saturación, porque los libros extensos suelen tener una narrativa lenta. Y en segundo lugar porque me gustan los contrastes.
Muchos recomiendan también ese método con el fin de leer una mayor cantidad de libros. Y puede que sea efectivo para las personas que no tienden a abandonar. Aunque esto último, en ciertas circunstancias resulta saludable.
No hay nada peor que obligarse a leer libros que no nos gustan. Es arrastrarse por las páginas interminables, atragantándonos con las palabras, rogando que la tortura acabe de una vez. Como profesora siempre he tenido el temor de forzar los libros en mis estudiantes, en lugar de que se sumerjan en ellos.

Sé que existe gente que no puede físicamente abandonar un libro, incluso si lo detesta. Para mí, por el contrario, es una obligación dejarlo. Hay demasiadas obras y tan poco tiempo para desperdiciar en una fastidiosa, por más clásica o best-seller que sea.
En fin, este año me he propuesto un desafío de lectura en el que pretendo alcanzar 30 libros terminados antes de que se acabe el año. Y también he decidido llevar un conteo de relatos leídos (ya estoy fracasando en este objetivo).
Comencé el año con una novela muy reciente de una autora que ya tiene cierto nivel de popularidad en España. Y después me he volteado hacia el siglo XIX con la famosísima e interminable Guerra y Paz (que en realidad es un saldo del año pasado) y una colección de cuentos tradicionales japoneses recogidos por un periodista anglo-greco-irlandés.
En la próxima entrega, dentro de un mes seguro, voy a compartir el impacto de leer estas obras de dos extremos del planeta. Ahora, parto hacia la cama a iniciar mi sesión de lectura. Hasta pronto y buenas noches.