Hace unos años, paseando a la madrugada por videos de creepypasta mal elaborados, uno de ellos utilizaba como transición un brevísimo fragmento de la película Begotten (1990). En aquel momento no tenía idea de lo que era, solo aparecía en la pantalla durante las transiciones, aquella… persona agitándose en medio de un entorno desordenado, en blanco y negro por completo. No asustaba ni daba miedo cada vez que se repetía la escena, sin embargo, a medida que la veía, lejos de acostumbrarme, cada vez me incomodaba más.

Sensaciones siniestras
Eso que te da «cosita».

Sin duda este caso se trataba de una jugarreta de mi cerebro. La distorsión de la imagen, metida dentro de un contexto terrorífico, con banda sonora incluida, sumada al hecho de que ignoraba por completo la procedencia del video, fue lo que le dio el toque. Es muy probable que todos esos factores por separado no hubiesen provocado el mismo efecto. O tal vez sí, igual, lo admito.

Esta es una ocurrencia común, si lo tomamos de manera más general. Una de las funciones principales del cerebro humano es la de escanear el entorno y hacer interpretaciones casi al instante acerca de oportunidades y peligros en el ambiente. Así utiliza la percepción si se encuentra con un depredador o una presa, con un rostro amigo o enemigo, con una situación para disfrutar o para huir.

Pero a través de la tecnología podemos generar de manera artificial algunos estímulos que habitualmente están relacionados con el peligro. Así podemos oír sonidos y melodías disonantes, algunos demasiado agudos o graves, que nuestro cerebro asimila como señal de amenaza. Esto es espectacular para las bandas sonoras y el ruido ambiental tanto en películas como en otros medios audiovisuales de terror. Hasta llegaron a fabricar «instrumentos musicales» para facilitar la tarea.

Y no solo el sonido puede utilizarse de esa manera. Las imágenes, en especial los rostros, pueden disparar la señal de fuga. Es por eso que se crean los monstruos de características familiares corrompidas, los asesinos enmascarados y otros seres que alteran sus facciones para infundir terror en las personas.

Los mecanismos del miedo
Y muchas veces no distingue la realidad de la ficción.

Sin embargo, hay imágenes que no encajan con el mundo del terror, aun así provocan escalofríos en algunas personas que las ven. Es común que suceda con muñecos, maniquíes, máscaras y hasta personajes de dibujos animados que tal vez se parezcan demasiado a un ser humano. Y al mismo tiempo, no.

Y es que el cerebro no solo dispara el miedo cuando percibe una figura deforme o amenazante, parecida más a un predador que a una presa. Hay ocasiones en que le faltan datos para completar la percepción. En ese punto, la señal enviada es de una incomodidad, como si no hubiese motivos para sentir miedo, pero de todas formas deberíamos estar preparados para correr en cualquier momento. Como el cerebro no puede tomar una decisión exacta, mejor prevenir que lamentar.

En su hipótesis sobre el valle inquietante, Masahiro Mori propone que hay un punto en que los robots de características humanoides llegan a ser muy similares a los humanos y al mismo les falta un factor para generar confianza. De hecho, esta semejanza a los humanos sin tener humanidad completa provoca inquietud o repulsión. Esto también podría aplicarse más allá de los robots: las animaciones de películas o videojuegos, las figuras de animales humanizados, los maniquíes y las muñecas también suelen mostrar las profundidades del valle inquietante.

El valle inquietante
Porque en el fondo sabemos que los robots conquistarán el mundo.

Lo extraño es que esto sucede aunque nuestro lado consciente esté bien seguro de que solo estamos viendo una animación hecha a computadora o una máscara. La inquietud viene del inconsciente, es irracional por completo. Esto mismo ocurre con los sonidos y la música. Nuestro lado consciente sabe que estamos viendo una película de terror. Incluso quizá ya conocemos el efecto de sonido porque lo escuchamos tantas veces en otras oportunidades. El inconsciente no lo interpreta de esa manera, en algunos casos no termina de acostumbrarse, sino que se prepara para recibir una sorpresa horrorosa, aunque esta nunca llegue.

Los lugares vacíos son un tema aparte. En los últimos años estuve viendo muchas explicaciones acerca de los espacios liminales y cómo esa inquietud deriva de la costumbre de ver ciertos lugares cargados de personas, y luego, de golpe, los vemos completamente vacíos. También puede estar asociado a la idea de abandono que uno siente al estar solo en un espacio público.

Muchos de estos lugares también son casas. Ambientes cerrados que implican cierto grado de seguridad y protección. Sin embargo, estos también generan inquietud al verlas desprovistas de «vida». Y es que nuestras propias casas también pueden convertirse en un lugar peligroso, cuando nos quedamos solos, en completo silencio. Pareciera que estamos a la espera de una intrusión y no hay nadie para ayudarnos.

Los lugares en ruinas guardan también ese toque macabro. Y ya sabemos que puede explotarse muy bien para historias de terror: fantasmas en los rincones, guaridas de asesinos ocultas por ahí, o el simple peligro que implica un derrumbe inesperado. Desde hace mucho tiempo este tipo de sitios es utilizado para desarrollar historias de lugares malditos o embrujados. Por otra parte, mucha gente acostumbrada a la narrativa del terror se desensibiliza fácilmente con respecto a este tipo de elementos.

Casas embrujadas
Hay clásicos de la ficción que no pasan de moda porque en la vida real siguen vigentes.

Por otro lado, apenas estamos tocando la superficie de los mecanismos que maneja el cerebro para despertar ciertas emociones relacionadas con el miedo. Quizá más adelante encontraremos más datos de por qué hablar con ciertas personas ya nos da «mala vibra» o pasar por sitios recargados con un pasado macabro nos genera un presentimiento siniestro aún antes de conocer su historia. Puede que todo sea sugestión, quizá sea algo más complejo, o tal vez haya algo más allá de lo evidente.

Además, cada persona, con todo su bagaje interno, también tendrá sus predisposiciones. Con esa pequeña escena de Begotten (que ni siquiera es una película de terror) descubrí algo interesante sobre los mecanismos de mi propia mente. Desde pequeña ya he visto numerosas películas de terror. Las que menos me afectaban eran aquellas que tienen sobredosis de sangre: muy artificiales y casi cómicas para mi gusto. Sin embargo, al ver esa escenita (además de otras similares) no pude pasar por alto que las películas de terror que realmente me llegan a la médula son las que están en blanco y negro.

La total ausencia del color, el desequilibrio entre luces y sombras, parecen disparar mi valle inquietante. No debería ser así porque de manera consciente es más que obvio que estoy viendo una película, una muy vieja y con efectos visuales desfasados, para colmo. Sin embargo, el inconsciente reacciona de maneras extrañas.

Por supuesto, si una está bien al tanto del origen de sus sensaciones siniestras, todas se pueden utilizar con fines creativos.

Lo siniestro en la creatividad
Siempre hay espacio para una historia de terror.

¿Qué dispara tu valle inquietante? Compartilo en los comentarios, tal vez encontremos algunas encrucijadas comunes.

Esta es la primera entrada de mi serie especial del mes espeluznante. Espero encontrarte en las próximas semanas para disfrutar de más temas terroríficos.

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