Parece que ha pasado una era desde mi última entrada. Y no quisiera retornar al punto sobre el desequilibrio entre mis diferentes labores. Prefiero tratar acerca de un tema que realmente nos enganche a todos; uno que provoca grandes expectativas en todas las edades.

La mente humana es una fábrica de historias. No solo los antropólogos, sino también los psicólogos y neurólogos confirman que la forma más rápida en que se comparten y explican ideas es a través de la narración. La mitología surge de este principio: necesitamos crear historias para entender e interpretar el universo.
Para los antiguos, la mitología era un sistema de conocimiento. Además, era una forma de cohesión cultural, un legado para las futuras generaciones y un medio para mantener cierto orden en la sociedad que se había construido. Para nosotros tal vez ya sean solo historias interesantes, pero para ellos formaba parte del sentido de la vida misma.
Teniendo en cuenta que el mundo actual se guía mayormente por los descubrimientos científicos para explicar los sucesos del entorno (o se supone que es así), queda pendiente la pregunta de si tenemos una especie de mitología moderna. Hay todavía muchos misterios que nos quedan por desentrañar y que incluso dejan perplejos a los científicos. Y no me refiero a las pirámides de Giza o al monstruo del lago Ness, sino de verdaderas preguntas universales.

Pero antes que pasar por dudas existenciales, en realidad quiero analizar a los mitos y las mitologías como fuente de inspiración creativa. Porque como les dije anteriormente, en la actualidad esas historias de dioses y héroes quizá ya no tengan ese valor fundacional de antaño, sin embargo, eso no les quita su importancia artística y antropológica.
Los mitos y las mitologías se han convertido en la base para la fundación de los arquetipos, para la revisión de los cimientos de nuestra civilización y como fuente enriquecida del imaginario narrativo. Los grandes monstruos derivados de las tradiciones antiguas son el ejemplo de esto. Quizá ya no creemos en su existencia real, pero no hay perdido un gramo de su valor simbólico. Pudieron haber cambiado sus molde y significado, y eso todavía es un reflejo de las revoluciones culturales que se han gestado con los años.
Tomemos por ejemplo a la figura del vampiro, nacido en el imaginario de los mitos y las leyendas de Europa Oriental, y enriquecido con otras tradiciones hasta llegar a nuestros días. En un principio era visto como un monstruo grotesco, encarnación de lo maligno y lo retorcido. Las obras más recientes los muestran como un seductor más que nada. Con más o menos éxito, y con más o menos efectividad, creo que ha demostrado el cambio de aproximación cultural que se ha dado entorno a la sexualidad, más que nada. Especialmente si tomamos como enfoque a Carmilla y Drácula y los comparamos con los vampiros tentadores de Anne Rice.
Las mitologías entonces nos ofrecen un marco familiar con el que podemos trabajar y dentro del combo también viene una tradición de símbolos y tropos culturales sobre los cuales realizar diversos procesos: análisis, parodia, crítica, subversión, actualización, etc. Pero antes que nada requiere un pequeño esfuerzo de estudio e investigación. En primer lugar, por la saturación, en especial con respecto a la mitología griega y romana que ya se vienen gastando desde el Renacimiento. Y en segundo lugar, para que podamos hacer una conexión más profunda con el público.

También es una buena oportunidad para descubrir otras mitologías que ofrecen mucha riqueza. En África, además de la egipcia, la mitología yoruba es fascinante, apenas se la reconoce por su cruce sincrético con el cristianismo en América. En Asia, tienen su impacto las mitologías de China y Japón, gracias al cine y la animación, y la India está abriendo paso a sus historias a través de sus propias producciones. Y aún queda mucho por ver todavía en el sur de ambos continentes.
En Medio Oriente, Las mil y una noches nos presenta una pincelada con sus genios y alfombras voladoras. Aparte de eso, hay otros seres y monstruos fascinantes. El rukh o rocho me parece un animal mitológico que puede competir en poder con los dragones.
Y si volvemos a Europa, nos daremos cuenta de que apenas hemos visto su superficie. Hay mucho más en Escandinavia fuera de Asgard y el Ragnarok. En la mitología celta apenas nos hemos conformado con saber de los druidas, pero al menos yo solamente he conocido a su panteón gracias a las canciones de Eluveitie (es una banda GENIAL, vayan a escucharla ahora). Y además ¿alguien conoce acerca de la mitología eslava a parte de los vampiros y Baba Yaga? ¿Saben de la mitología finlandesa?

Otra forma de trabajar con las mitologías es crear una propia. Este proceso suele ser la salsa de los escritores de fantasía, pero muchos apenas se conforman con hacer copias superficiales de monstruos y dioses presentes en mitos muy conocidos. Como siempre, la familiaridad es buena para captar público, pero la similitud ahoga a obra en un océano de repeticiones.
Para crear una mitología nueva no es necesario abrirse la cabeza. Solo hay que partir de las raíces conceptuales que también tomaron los mitos en nuestro mundo. Para comenzar, los mitos surgen para explicar el entorno de un pueblo, así que tendremos sin falta dioses relacionados con los elementos de la naturaleza: los astros, la tierra, el fuego, etc. Luego podemos matizarlo con características únicas que van a depender de la geografía y las costumbres del pueblo que diseñamos: ¿Qué dioses tiene un pueblo nómada de la selva? ¿Cómo explican las inundaciones y las tormentas? ¿En qué mitos basan sus jerarquías y relaciones?
Bueno, tal vez al principio sí provoque algunos líos en la cabeza, pero a medida que avancemos se pondrá divertido.

Por último, hay un aspecto que pocos tienen en cuenta cuando se trabaja con los mitos como fuente de inspiración artística, más que como exploración cultural. Al tomar un elemento existente de un medio (y creo que esto se aplica a todo, no solo a tradiciones y mitologías), hay que presentarlo siempre con mucho respeto y consideración. Estas historias son más que cuentos del imaginario popular para obligar a los niños a dormir temprano o para mantenerlos fascinados con su propia cultura. Forman parte de la identidad de un pueblo o nación, y si uno toma esto desde afuera, siempre hay que tratarlo con respeto hacia las personas que se identifican con estas tradiciones.
Y esto no quiere decir que uno no pueda agregarle reinterpretaciones o que se deba construir un altar a los antiguos dioses antes de mencionarlos (aunque creo que conviene… por si acaso… una nunca sabe…). Simplemente apreciar su verdadero valor simbólico y su identidad, y adaptarlo a los objetivos que uno tenga. Vamos, que son arquetipos, no es tan complicado.

En cuanto a la influencia de la mitología en mi propio trabajo, quiero decir simplemente que es grande (muy específico). De hecho, pretendo, con mucho énfasis en el significado de esta palabra, hacer una exploración de múltiples mitologías en un proyecto de proporciones importantes. Lo estoy preparando con paciencia y cuidado. Espero que algún día vea la luz.
Creo que me extendí demasiado esta vez, pero es difícil contenerse con un tema tan apasionante. Quizá en próximas entregas me ponga a divagar sobre mis experiencias en la investigación de las tantas y fascinantes mitologías que hay en el mundo.
Por ahora me despido. Tengo cita con Morfeo en el oscuro palacio de Hipnos (¡ja!). Hasta pronto y buenas noches.