En las últimas semanas no pude evitar los retrasos con mi calendario de trabajo. Pareciera que es mucho más fácil cuando una trabaja desde la casa. Aun así, el tiempo no perdona, los trastos no se lavan solos, los gatos no recogen su pelo de la alfombra, los ensayos no se corrigen mágicamente y los artículos no se escriben con tan solo pensarlos. Y al terminar de hacer todo eso, me di cuenta que me pasé por alto una semana.

El tiempo se convirtió en un lujo y cada vez más está subiendo su precio. Mantenerse organizado más que un buen hábito es una necesidad. Y por más que tengamos cada minuto previsto, siempre surgirá algún problema, porque el mundo no gira alrededor de los horarios de cada uno.
Llega el momento entonces en que la mente se bloquea con tantas actividades hechas y por hacer. Porque no solo el hacer cosas genera cansancio, también el fijarse en cuánto queda por hacer provoca cierto tipo de desgaste. En algún momento tenemos que parar.
Hay enfermedades modernas derivadas de esta vida moderna. Esto se debe a que forzamos a trabajar a un cerebro cansado. Y este es el peor estado para que funcione. En esas condiciones los neurotransmisores no realizan su trabajo como debería ser, eso nos hace propensos a errores, frustración y todo eso suma al estrés con el que ya estamos cargando.
Esto afecta a todas las personas, pero de manera especial a aquellas que de alguna forma tienen el control de su tiempo. Porque no hay nada peor como convencerse de que uno lo maneja absolutamente todo. No es cierto, no funciona así. Y por esa razón, tendemos a sobrecargarnos porque realmente pensamos que podemos con todo.
Las personas que llevan el trabajo a la casa, los profesionales independientes, los que tienen dos o más actividades laborales, son los que más pueden caer en la trampa de la sobre producción, o esa tendencia que ahora se puso de moda de trabajar todo el tiempo para alcanzar metas que luego se multiplican solas. En otros ámbitos laborales también puede verse esto, aunque con una cara distinta. Se refleja principalmente en los jefes que exigen horas extra, que no perdonan enfermedades y tildan de haraganería a las mínimas necesidades humanas.
Quizá lo más peligroso de esta tendencia es que se está afianzando con la ayuda de la presión económica. Esto quiere decir que para muchas personas esto no sea simplemente un medio para cumplir sueños, sino para pagar facturas pendientes. Y en general, se tiene menos consideración hacia estas personas porque no solo se juzga su «incapacidad de administrar su tiempo», sino también su «descontrol sobre los gastos».

Desde mi rol como docente también percibo que se quiere entrenar a los niños desde pequeños a seguir con este estilo de vida. Si el colegio no les da suficientes tareas, entonces hay que mandarlo a estudiar inglés, piano, karate y robótica. Y no está mal educar y darle extracurriculares en lugar de que se quede encerrado toda la tarde. Pero si un chico termina el día quemado y apenas saluda a su familia dos veces en el día, quizá haya un problemita con su horario, y con el de sus padres también.
En la gente que se dedica al arte esto se ve reflejado en la obsesión con el café. Se ha convertido en la ambrosía de todos los que llevamos la doble vida del trabajo a la mañana y la creatividad a la noche. Se necesita de un combustible que mantenga al cerebro con energía extra para desempeñarnos en el ámbito que nos apasiona, porque sin eso ya nos quedaríamos dormidos.
Y todo esto no es más que un engaño, porque por más que extendamos la vida útil de nuestro cerebro de manera forzada, no nos va a producir de la misma manera que si estuviera en buenas condiciones. Queremos (o necesitamos en muchos casos) engañarnos con la idea de que estamos invirtiendo en lugar de quemando, y que cuando alcancemos las metas, cada vez más distantes, nos tomaremos un buen descanso y festejaremos el triunfo. El problema esa parte, para muchas personas, nunca llega.
Todos sabemos de la necesidad que tiene cada persona de descanso y recreación. Y esto no significa solo dormir el mínimo de siete horas diarias y hacer 30 minutos de caminata. Las personas necesitan (con mucho énfasis en esta palabra) jugar, distraerse, pasearse, tener reuniones con amigos y familiares, olvidarse un poco de que hay deberes que cumplir.
Todos aceptamos estas condiciones en teoría, pero en la práctica nos olvidamos con frecuencia. Incluso llegamos a juzgar con severidad a las personas que quieren tomarse un respiro, o nos atormentamos con remordimientos cuando perdemos tiempo en una serie o película.
Para muchos la solución no es simplemente tomarse un descanso, hacer una pausa, o dejar el trabajo, menos en las condiciones en las que estamos ahora. Pero por lo menos como integrantes de una comunidad podemos hacer lo necesario para no ejercer más presión o para aliviar la carga de aquellos que no se encuentran en condiciones de aflojar sus propios horarios.
El estrés y la sobre producción es un problema bastante complejo como para buscar o dar soluciones mágicas. Y por eso al menos deberíamos tratar de ser amables con otros y con nosotros mismos, por lo menos para poner un parche temporal mientras encontramos una solución más adecuada.
Después de todo, nos ponemos metas para vivir mejor, para cumplir sueños, para alcanzar la realización personal, pero en serio ¿tenemos que matarnos en el camino por encontrar todo eso?

Espero que acepten mis largas excusas por haber desaparecido por más de una semana. Me ha tocado lidiar con acumulación de trabajos durante las últimas dos semanas y a mi cerebro ya no lo podía exprimir después de las ocho de la noche. Por eso quise simplemente pasar a reflexionar sobre este tema antes de continuar con otros más interesantes.
También sigo trabajando en mis propias obras. Estoy preparando mi compilación más reciente, Muñecas, para subirla en formatos más aptos para la lectura en e-reader, que el PDF es incómodo y la computadora nos hace daño a la vista. Por otra parte, me voy encaminando a sacar una obra nueva, así que traeré varias novedades para junio.
Por ahora me despido, ya nos encontraremos para hablar de sueños y creaciones estrambóticas, hasta pronto y buenas noches.