El futuro: ese concepto abstracto que puede significar mañana o dentro de dos mil años. Claro, es más útil pensar en lo primero y más interesante en lo segundo, pero ambos forman parte de esa realidad de lo que «va a pasar» y todavía no sabemos. Sin embargo, podemos especular con la imaginación y ahí se encuentra el encanto.

Hace poco estuve hablando del futuro con mis estudiantes después de ver un par de videos en You Tube que dejaron espantados y asombrados a todos aquellos que se dieron cuenta de su existencia: Do you love me? de Boston Dynamics y la entrevista a GPT3. A pesar de que todavía no tenemos autos voladores (que, al parecer, es el marcador definitivo de que ya vivimos en una sociedad ultra tecnológica) tenemos otros indicadores de que el futuro que imaginaban las generaciones anteriores ya ha llegado.
Pues estaba analizando estos videos y también las reacciones ante estos acontecimientos, cuando nos percatamos de que la mayoría de las opiniones iban hacia el lado negativo. Gran parte del público imaginaba el peor de los escenarios con respecto a estas nuevas tecnologías. Una de mis alumnas apuntó a la causa más lógica: es que en las películas sucede así.

Desde que Mary Shelley escribió aquel libro acerca del científico que lo arruinó todo por desafiar a la muerte, la ciencia ficción nos ha mostrado, además de los grandes ingenios tecnológicos, las consecuencias que se conectan con estos. Da para pensar si la literatura (y el cine por supuesto) de este género ha hecho predicciones o ha lanzado ideas, o inclinado opiniones, como las de la gente que asocia robots e inteligencia artificial directamente con Skynet.
Muchas veces me pregunto si la carrera espacial habría llegado más tarde si no se hubiera publicado «De la tierra a la luna». O si ciertas invenciones no fueron inspiradas en las obras de Verne, Wells, Asimov y Clark.
La ciencia ficción incluso le ha dado el vocabulario a nuestra tecnología. La palabra robot viene de una poco conocida obra de teatro checa en la que por primera vez aparecen autómatas con voluntad propia: RUR: Robots Universales Rossum (1920) del dramaturgo Karel Capek. En esta brevísima obra ya se plantea la humanización de la inteligencia artificial y su posible rebelión en pos de conseguir la igualdad de derechos. En realidad, se trataba de una metáfora de la lucha de la clase obrera ya que la palabra robot deriva de robota, que significa sirviente en checo. Todavía no se planteaban esas cuestiones muy en serio en aquella época.

Después otros tomarán el término para sumarle androide (o ginoide también), inteligencia artificial, además de agregar otros conceptos más relacionados al mundo informático como la realidad virtual. También se nos vendrían encima otras posibilidades como el viaje espacial, la trashumanización, las modificaciones genéticas y un sin fin de posibilidades. Algunas de ellas ya al alcance de nuestros ojos y manos (menos los autos voladores).
Pero también existe aquel temor latente de que con estas nuevas tecnologías surjan grandes potencias dispuestas a aplicarlas al refuerzo de las guerras, el autoritarismo, la desigualdad y la deshumanización. Porque la ciencia ficción estudia mucho más que la tecnología y la ciencia, también abarca la naturaleza humana y como esta se adapta al cambio, como utiliza las herramientas que tiene disponible.
La ciencia ficción parte de las tendencias del pasado y del presente para extrapolarlas al futuro. ¿Cómo actuaría un gobierno teniendo en sus manos la tecnología para alterar la información y vigilar a los ciudadanos? ¿Estos estarían dispuestos a entregarse a sus reglas por una idea de placer perpetuo? ¿Se volverían tan dependientes los humanos de la tecnología a tal punto de parecer bebés gigantes?

Todos estos cálculos y análisis brotan de la mente del creador de ciencia ficción a partir de la observación de cómo nos comportamos ahora mismo, cómo dependemos de la tecnología, cómo nos dejamos llevar por las influencias de nuestros líderes, cómo renunciamos a la libertad por placer o seguridad. Los oscuros futuros de las distopías a lo sumo son exageraciones de una realidad que vivimos ahora mismo, o en la época en que se escribió la obra original.
La tecnología, o al menos sus semillas, estuvo con nosotros desde que alguien se percató de que la rueda podía facilitar el transporte y el trabajo. Y la sociedad desde entonces la ha utilizado tanto para bien como para mal. La naturaleza humana ha variado poco durante los últimos siglos… o milenios. Sin embargo, le dejamos abierta la puerta a la innovación y la esperanza en busca de un cambio más profundo. Un evento que pueda abrirnos los ojos.
Por eso, a ciencia ficción puede abordarse de dos maneras: con la esperanza puesta en un futuro mejor o como sistema de alarma para evitar un futuro peor. El hecho que en los últimos años la mayoría de los escritores y guionistas se vuelquen más hacia lo segundo, nos dice menos de lo que ocurrirá en el futuro y más de lo que somos capaces de ver en el presente.

Y si bien el temor a lo desconocido también puede tomarse como punto central de la ciencia ficción, prefiero tratar este aspecto cuando hable del terror. Para mí lo más fascinante de la ciencia ficción, además de todas las posibilidades abiertas que incluso podrían volverse realidad (a diferencia de la fantasía), es la paradoja del ser humano mismo, destinado a la grandeza, al descubrimiento y al progreso, pero atrapado en sus miedos, egoísmos y sus bajos instintos. Un tema que puedo ver reflejado de manera nítida en la transición entre el simio que lanza el hueso hacia el cielo y la imagen del viaje espacial.
Ahora por lo menos ya sé que probablemente no podré dormir, porque se me hincharon las venas de la imaginación y quizá acabe investigando acerca de alguna novedad en la robótica, inteligencia artificial, ingeniería genética o neurociencia, que son mis temas de interés dentro del género. Y quizá también, entre el sueño y la vigilia, se me ocurra alguna historia acerca de cyborgs desactualizados con problemas para conseguir empleo.

O quizá tenga que utilizar algún método para dormir más rápido y eso sea lo más científico que haga cuando vaya a la cama. Pero antes quisiera animarlos a compartir sus esperanzas y miedos ante este futuro que sabe más a mañana que a una centuria. En una próxima entrega, ya estaré transitando hacia los lados más oscuros de la fantasía y de la ciencia. Por ahora me despido: hasta pronto y buenas noches.